jueves, 16 de abril de 2015

GUERRA, GUERRA SIN TREGUA!

Hablar de Colombia es hablar de café, hablar de fútbol y de mujeres bellas. Pero con tristeza, debo decir también que, hablar de Colombia es hablar de conflicto, un conflicto que atraviesa las entrañas más hondas de este país, desde hace más de 50 años.

Mi estancia en Bogotá, no ha quedado ajena a este conflicto infame, pues el mismo es el tema durante el almuerzo, es encabezado de los periódicos, es motivo de análisis en la escuela, detonante de acalorados debates en las redes y es cliente frecuente de los titulares noticiosos. Apenas suavizado por los diálogos de paz entre el gobierno y las FARC, el conflicto como el buen fútbol, es tema permanente en Colombia.

Así lo confirmé luego que en las últimas horas del martes 14 de abril, un grupo de “Pisasuaves” de las FARC atacó por sorpresa y en mitad de la noche a 50 soldados pertenecientes a la Brigada Móvil 17,  que pernoctaban en una cancha deportiva ubicada en la localidad de Timba, departamento de Cauca.  

La guerrilla empleó granadas y otros aparatos explosivos contra los desprevenidos soldados, matando a 11 de ellos e hiriendo a otros 20 uniformados. Los que corrieron con más suerte, lograron escapar de la onda expansiva y las esquirlas e infortunio que vinieron con ella.   

Cómo era de esperarse, la reacción a este hecho fue una nutrida marejada de indignación y otras tantas arremetidas contra el gobierno colombiano y el Presidente Juan Manuel Santos, quien hay que decirlo, ha hecho de la paz su proyecto de gobierno a un costo altísimo para su popularidad, su capital político y sobre todo, para su credibilidad.

Entre quienes aportaron su cuota de indignación y estridencia a las declaraciones sobre ese ataque, destacan -faltaba menos- el ex presidente Álvaro Uribe, un nostálgico incorregible del poder y crítico a muerte de Santos, a cuyas críticas y descalificaciones se sumaron las del Fiscal General de la Nación, un abogado de nombre Eduardo Montealegre, quien desde Cali, capital de la salsa, se deshizo en lamentos y señalamientos francamente infundados, si por infundados entendemos aquello que carece de sustento, bien sea lógico o jurídico.    

La falencia de los argumentos hechos por el Fiscal Montealegre en Cali, radica en haber afirmado que los militares atacados, estaban “fuera de combate” y que por ello gozaban del estatus de "persona protegida" amén de lo cual se cometía un crimen de guerra sancionado por el Derecho Internacional Humanitario.          

Estando yo en Colombia como parte de un posgrado en Derecho Internacional Humanitario impartido, nada menos que por el Ejército Nacional colombiano, no me puedo dar el lujo de ignorar estas declaraciones sin defender aquello que mis profesores, todos ellos expertos en estas lides, me han transmitido en agotadoras y maratónicas sesiones de estudio.

Seguro de haber aprendido algo, debo decir  que el  señor Fiscal, está equivocado porque para el Derecho Internacional Humanitario ataques como los cometidos en contra del la Brigada Móvil 17 no están prohibidos, antes bien, se encuadran dentro de aquello que la estrategia castrense y la jurisprudencia internacional califican de “Ventaja Militar” cuya práctica está más que legitimada.

Por otro lado, debo decir que en ninguno de los cuatro Convenios de Ginebra ni en sus protocolos adicionales, se prohíbe la posibilidad de sorprender al adversario, incluso cuando éste se encuentre descansando o dormido. Guerra es guerra. ¿O es que acaso no recuerda el Fiscal de Colombia cómo fueron dados de baja alias Raúl Reyes, alias Ernesto Cano o alias Mono Jojoy ?

Entérese doctor Montealegre que el Derecho Internacional Humanitario no ampara a quienes hacen parte activa de las hostilidades, sino SOLAMENTE a aquellos que NO PARTICIPAN oHAN DEJADO DE PARTICIPAR en ellas o han perdido la voluntad de lucha, incluidos heridos, prisioneros de guerra, misiones humanitarias, equipos sanitarios y claro, población civil.  

En consecuencia, las fuerzas armadas en cumplimiento del deber misional, como era el caso de los héroes muertos en Cauca, son en definitiva actores del conflicto armado interno y es justo por ello que NO eran sujetos de protección de los Convenios de Ginebra, como lo afirma en el señor fiscal.

Según el artículo 135 del Código Penal el homicidio en persona protegida tiene lugar en el marco de un conflicto armado y consiste en ocasionar la muerte de persona protegida conforme a los Convenios Internacionales sobre Derecho Humanitario ratificados por Colombia.

En ese entendido, el Fiscal Montealegre tendría que saber que un militar en activo NO es considerado una persona protegida y en consecuencia, los ataques que tienen lugar entre grupos armados, sean o no fuerzas del estado es, gústenos o no,  una conducta válida y por ello, no sancionada por el Derecho Internacional Humanitario.

Y es que las FARC, no fueron a los domicilios de los soldados a quitarles la vida, ni los emboscaron mientras vacacionaban en alguna playa, no señor,  los sorprendieron en su base mientras cumplían con con una misión, hecho que queriéndolo o no, los convierte en blancos lícitos a los ojos del Derecho Internacional Humanitario.
    
Si lo que el Fiscal quiso, fue buscarse un delito con el cual condenar a los responsables del ataque contra los uniformados, debería echarle un vistazo al delito de HOMICIDIO AGRAVADO, antes de inventarse cargos a la ligera.  

Debo decirlo, los militares de Colombia como los de cualquier país están entrenados para hacer frente al enemigo es decir, han sido preparados y duramente adiestrados para pelear y hacer uso de la fuerza letal, para hacer la guerra incluso en las peores condiciones y morir si es necesario, tal como lo hicieron los jóvenes caídos bajo el diluvio de munición que los recibió en el épico desembarque de Normandía, o los militares argentinos enviados a Las Malvinas en 1982, quienes padecieron ingentes temperaturas por días enteros a la espera de las instrucciones de los mandos que proyectaron la desastrosa retoma de aquel territorio insular. La muerte es pues, una posibilidad real en un oficio de riesgo permanente como lo es el oficio de las armas y todo soldado sabe que al partir a una misión, el abrazo de su bandera, sea quizá el último que reciban.   

No obstante lo anterior y para que no quede duda sobre mi sentir en torno a los hechos del Cauca, es menester aclarar que lo que sí hicieron las FARC, fue volver a mentir, volver a traicionar y faltar a la palabra empeñada y por si ello no bastara, pecaron nuevamente de soberbia y arrogancia.

Mienten por afirmar que los soldados abatidos participaban de un combate, cuando los hombres no estaba era sino dormidos.  

Traicionan, porque rompieron una tregua que ellos ofrecieron de motu proprio.  

Pecan de soberbia, al atreverse con total cinismo a pedirle al gobierno que mantenga la tregua y se abstenga de bombardear sus posiciones, como si fuera el Estado el que les tuviera que pedir permiso para hacer uso legítimo de la fuerza.  

Pecan de arrogantes creyendo que ellos sí pueden atacar con impunidad a las fuerzas armadas, pero que el Estado no puede responder sus ataques, antes bien quisieran que el gobierno de la República se quedara de brazos cruzados viendo como le matan más soldados.  ¡Eso si es mucha frescura!

No hay pues en la acción de las FARC, violaciones al Derecho Internacional Humanitario y por ende, en este caso concreto, no se perfila ningún crimen de guerra y sin embargo, la constante en la actitud de las FARC desde los tiempos en que Pastrana accedió a crear la Zona de Distención del Caguán no es otra cosa más que TRAICIÓN.

Traición que se contrapone a la Buena Fe, pues cuando allá en La Habana extendieron su mano y ofrecieron la tregua unilateral, lo hicieron disfrazados de corderos. Mas tardaron en dar el apretón de manos a la delegación del gobierno colombiano, que en hacer todo lo posible para volver a faltar a su palabra, palabra que ya se ha visto, vale menos que un orinal, porque si bien romper una tregua y atacar soldados no es un crimen de guerra, si es, por el contrario, un retrato fiel de quien prometió no hacerlo.

El maestro Andrés Bello, orgullo de la diplomacia latinoamericana, sostuvo desde hace dos siglos en su obra Principios de Derecho Internacional que: “La buena fe  entre enemigos no solo requiere que cumplamos fielmente lo prometido, sino que nos abstengamos de engañar en todas las ocasiones en que el interés de la guerra no está en conflicto con los deberes comunes de la humanidad. La violación de la tregua por uno de los contratantes autoriza al otro para RENOVAR LAS HOSTILIDADES”

Me tomo pues la licencia de plasmar aquí algunas de las estrofas del Himno Nacional Mexicano que con justa razón habla de "un recuerdo para ellos de gloria" y "un sepulcro para ellos de honor" en clara alusión a los defensores de la patria, mientras que  por otro lado, no se equivoca al clamar ¡guerra, guerra sin tregua! en contra de quienes intentan dañarla.   

No hay duda, los hombres y mujeres que son parte de las Fuerzas Armadas son HÉROES DE CARNE Y HUESO, pues llegado el momento y de requerirlo las circunstancias, están conscientemente dispuestos a ofrecer su pecho a las balas del enemigo para defender la continuidad e integridad del Estado, garantizando la tranquilidad, vida, honra y bienes de sus compatriotas.

Es cierto, en pláticas con amigos he sostenido que lo mejor que le pueda pasar a Colombia es la paz, la PAZ con mayúsculas, no obstante me sumo a quienes con justa razón, piden para los héroes uniformados PAZ EN SUS TUMBAS y a quienes exigen guerra sin tregua, para los que jugaron sucio (una vez más).    

Tarde descubre Colombia que la tal tregua de las FARC no existe y tarde se hace para que el Estado Colombiano reanude los bombardeos en su contra, pues aunque la paz es anhelo de todos los colombianos (por lo menos de los colombianos de bien) parecen no ser estos los tiempos para hacerla ni buscarla, antes bien, son los tiempos de aceptar (lo admito) que la contraparte no tiene palabra y prefiere seguir haciendo la guerra antes que construir un escenario de paz creíble y duradera.  



Por eso, a mi QUE NO ME VENGAN!!!



Guillermo Gustavo Flores-Chacón
Bogotá, D.C., Colombia; abril 2015